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Las ciudades como los
hombres sueñan con la inmortalidad. Desdichadas aquellas ciudades que no
pueden hacer sonar las campanas por sus héroes, sus poetas o sus
vendimias. Montilla puede coronarse de pámpanos y laureles porque dio al
universo no una gloria, sino dos: un capitán de los viñadores y un
príncipe de los vinos. Otras ciudades reclaman ser la cuna de Gonzalo
Fernández de Córdoba, y otros finos, que copiaron la palidez y la
generosidad del montilla, se consumen en muchas partes del mundo, pero
el capitán y el montilla, aquí nacieron y aquí se criaron. Estas palabras están dedicadas a los hombres y a las mujeres, a las tierras y a los vientos, a los trabajos y los días, que hicieron de este vino y de esta villa un recuerdo inmortal cuando las coplas y las guitarras hieren el corazón. Viva el vino de Montilla. |